La Biblia y sus espacios vacíos

La Biblia y sus espacios vacíos

Por Nadia Cattan Jafif.

La Biblia se puede leer de muchas formas distintas; el creyente puede tomarla en sus manos y cautivarse por completo de sus mensajes, de sus relatos y de todos sus encantos, el no tan creyente hará un filtro, separará lo que cree de lo que se sale de su lógica y constantemente se preguntará por la fuente de todo lo escrito. Sin embargo, sea cual sea la perspectiva y posición religiosa del lector, la Biblia tiene sus encantos hasta para el ateo, pues en el caso de que el lector quiera restarle a la Biblia veracidad histórica, sus páginas están llenas de mensajes que tienen un valor innegable: Sus moralejas no han caducado con el paso del tiempo, pues a pesar de que los siglos recientes han sido sumamente cambiantes y de que la Biblia hebrea tiene una antigüedad importante, sus mensajes y temáticas siguen siendo impactantemente actuales.

Adán y Eva, personajes ficticios o reales, tomaron la decisión de comer del fruto prohibido y lo decidieron usando su libre albedrío. A la decisión equivocada le sobrevino una consecuencia, y es ahí donde se encuentra una básica moraleja: Nuestras acciones, tienen consecuencias.

Siguiendo con el mismo ejemplo, nos encontramos con aquella seductora serpiente; la que engaña y la que finalmente convence. Excelente personaje bíblico que viene a enseñarnos que de serpientes seductoras esta lleno nuestro mundo, y que aquellos reptiles toman diferentes formas, distintas voces y diversas pieles. Hoy, por ejemplo, ubicándonos en pleno siglo XXI, podemos reconocer a algunas serpientes, viene a mi mente la serpiente de los vicios, imagino a la víbora del alcoholismo o la drogadicción disfrazadas de pertenencia y diversión, o a la horripilante culebra de la guerra, disfrazada de lucha justificada bajo cualquier bandera. Los disfraces existen y son trampas de la vida, trampas de las que hemos sido advertidos en el capítulo uno de la Biblia.

La Biblia, también ha sido sujeta a extenuantes criticas. Erich Auerbach, filosofo alemán, describió en su libro Mimesis, todo lo que él llama “espacios en blanco” de la Biblia; pone el ejemplo del momento en el que Abraham, esta en camino para sacrificar a su hijo Isaac, cita el pasaje y luego agrega:

            “…el resto permanece oscuro, únicamente los puntos culminantes de la acción están acentuados, los intervalos vacíos, el tiempo y el lugar son inciertos y hay que figurárselos, sentimientos e ideas permanecen mudos y están más que sugeridos por medias palabras y por el silencio…” pág 17.

Comprendo y coincido con que la poca información con la que, de pronto, nos encontramos en la Biblia nos puede resultar parca. El relato en el que Abraham va a sacrificar a su hijo Isaac es, sin duda, uno de ellos. El lector se encuentra conmovido por la narrativa; la orden que Dios le da a Abraham sobre sacrificar a su hijo Isaac es impactante y llena al lector de expectativa; tanto, que simultaneo a la lectura aparecen diversos cuestionamientos internos: “¿Cómo puede ser que Dios haya dado un mandato tan cruel y despiadado? ¿En verdad Abraham va a matar a su propio hijo Isaac?” Una avalancha de preguntas y comentarios vuelan en la cabeza; hasta que de pronto, yendo a mil kilómetros por hora la lectura se precipita hacia un inesperado final; un desenlace en donde  Abraham es detenido por un ángel. Para muchos lectores, las más importantes preguntas permanecieron en el aire, mientras que para otros, quedó muy claro el mensaje.

La Biblia esta sujeta a distintas formas de leerla. Para algunos lectores no quedan cuestionamientos, en lo escrito encuentran todas las respuestas. Para otros, las interrogantes invaden la mente y ni las interpretaciones posteriores son suficientes. Tal vez parezca que las preguntas más esenciales quedaron sin contestar, pero tal vez el error no esta en la respuesta incompleta sino en la misma estrategia; es decir, en vez de cuestionar todo lo incierto con espíritu indagador, valdría la pena salir del laberinto de todo lo no escrito y poner atención en lo más importante: El mensaje y su intención.

            “La historia de Abraham e Isaac, no esta mejor atestiguada que la de Ulises, Penélope y Euriclea; ambas son leyenda”  (Auerbach, Mimésis, pág 19) Estas palabras podrían herir la sensibilidad religiosa de muchos. Habrá quien piense que tal vez Abraham, Isaac y Jacobo sean una leyenda creada por el hombre con un fin sociológico y religioso; o tal vez, el primer profeta al que Dios le habló fue Abraham y cuestionarlo es una blasfemia total, pero esa, es una polémica que podría no tener final. Más productivo sería encontrar la esencia de cada historia para saborear, masticar y deglutir cada mensaje. La Biblia no pretende ser un libro de historia, su belleza esta en su fondo, más que en su forma.

La veracidad histórica de la Biblia ha sido y seguirá siendo muy cuestionada; lo que no se puede debatir es su valor literario; textos hermosos que, escritos por Dios o escritos por distintos autores, encierran una belleza que ha sobrevivido al paso de los años; una belleza que se encuentra tanto en lo escrito, como en sus espacios vacíos.

 

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