PERSONAJES IMPORTANTES DE LA BIBLIA

Grandes personajes de la Biblia

Por Nadia Cattan Jafif

 

La Biblia hebrea esta llena de historias y personajes sorprendentes, cada uno con una personalidad distinta, cada uno desarrolla un rol diferente.

Sin embargo, hubieron personas que hicieron actos trascendentales, algunos de ellos pudieron darse cuenta, en vida, de la importancia que estaban teniendo en el pueblo hebreo; otros, simplemente, murieron sin saberlo. Lo que es un hecho, es que existieron personas que, con sus actos, formaron los cimientos del judaísmo que hoy vivimos; conocer sus vidas e ideologías, ayuda a comprender el desarrollo de la primer religión monoteísta.

El presente trabajo habla sobre aquellos hombres, que colaboraron a la formación de un pueblo que se convirtió en una religión, y unas tribus que formaron una gran nación. El presente trabajo habla sobre aquellos hombres que, a pesar de haber vivido hace tanto tiempo, son diariamente nombrados y recordados a pesar del, interrumpible, paso de los años.

 

Abraham, el origen del judaísmo.

Toda historia tiene un comienzo y aunque la narrativa de ésta, se desarrolle de forma extensa y compleja, conserva siempre su primer elemento. Ese pequeño pero importante instante en donde algo nuevo da inicio, tal es el caso del patriarca Abraham, el hombre que dio origen al judaísmo.

Ciudad de Ur, siglo XVIII y XIX a.e.c. En una tierra infestada de religiones paganas un hombre cuestionó la veracidad de los dioses de piedra, dioses que a diario veía en casa de su padre Teraj; este cuestionamiento fue observado por Dios, lo que lo llevó a elegirlo como padre de una futura y grande nación.

Dios le prometió descendencia, tanta, como el mismo polvo de la tierra, Abraham prometió creer en un solo Dios y emigrar a esa tierra prometida llamada Canaán, después de eso, todo fue crecimiento y prosperidad.

Abraham tomó familiares, pertenencias y rebaño e inició su viaje; habían sido siglos de politeísmo pero el monoteísmo iniciaba y tenía mucho camino por delante.

El patriarca Abraham se casó con Sara, a quién seguramente amó a pesar de su esterilidad; tal parece que el amor era correspondido, pues Sara le ofreció a Abraham a su cierva Agar para que le cumpla su deseo de tener un hijo. Pero Dios todavía guardaba una sorpresa, un hijo del vientre de su anciana mujer Sara. La noticia fue tan ilógica que causó risa, pero la llegada de ese bebé se convirtió en una realidad y de aquella risa de incredibilidad proviene el nombre de Isaac.

Pese a la poligamia acostumbrada en aquellos tiempos, Sara tenía celos y desacuerdos, así que le pidió a su esposo a Abraham que corriera a la cierva Agar junto con su hijo Ismael; ellos se encaminaron hacia el desierto y se alejaron para no volver.

Pasó así la vida de Abraham, con tiempos malos y tiempos buenos; ser nómada lo obligaba a luchar constantemente con otros pueblos, pero su peor experiencia estaba aún por llegar.

Cierto día, Dios le pidió a Abraham que para demostrar su fe sacrificara a su hijo Isaac, la orden ya estaba dada y el escenario sería el Monte Moriah.

Abraham, como fiel creyente se dispuso a obedecer, caminó con su hijo al lugar indicado, y una vez ahí, se dispuso a sacrificarlo. Cuando la mano de Abraham se levantó para matar a su propio hijo, un ángel lo detuvo para impedirlo. El sacrificio ya no era necesario, ya todo había quedado demostrado.

Según la Biblia, Abraham fue el primer profeta e hizo un pacto con Dios que quedó sellado con la circuncisión. Fue un hombre tan importante que negoció la destrucción de Sodoma y Gomorra con el todopoderoso como si fuera un simple socio.

Murió su esposa y compró para su sepulcro las cuevas Macpela, convirtiendo a la ciudad de Hebrón en testigo de su dolor.

Murió Abraham a los 175 años y tuvo una larga descendencia, sin duda, Dios cumplió con su promesa. Los hijos de Abraham también cumplieron con su parte del trato, formando una nueva religión y apegándose a cada tradición.

Al día de hoy, se le sigue practicando a cada bebé judío la circuncisión, tal como Abraham lo acordó con Dios. El pacto se sigue llevando a cabo, a pesar de que han pasado, nada más y nada menos, que 4,000 años.

 

Yacob, padre de las 12 tribus.

Dicen que las mujeres tienen un sexto sentido, y a Rebeca, esposa de Isaac, no le falló el instinto. Dos bebés se peleaban en su vientre y cuando preguntó la causa de esa lucha interna obtuvo la respuesta. Esas peleas gestacionales eran sólo el inicio de una eterna rivalidad entre sus dos hijos.

Así llegaron al mundo los bíblicos mellizos, Esav nació primero consiguiendo la primogenitura, un valioso trofeo que le podía haber dado grandes beneficios. Yacob nació segundos después, pero su astucia posterior le haría avanzar a una mejor posición, era cuestión de esperar el momento indicado para salir ventajosamente beneficiado y un día, simplemente, ese momento llegó. Yacob le ofreció a Esav un plato de sopa de lentejas a cambio de su primogenitura, Esav aceptó, y así se concretó una fraudulenta negociación.

Cuando el padre de ambos hermanos, Isaac, estaba en su lecho de muerte con una ceguera casi total; Yacob, engañando a su padre, se hizo pasar por Esav, y recibió la bendición que sólo al primogénito se le podía dar. Tal como lo describe el libro de Deuteronomio, (21:17) la bendición al primogénito se traducía en riquezas, tal como si se diera una valiosa herencia.

Cuando Esav se da cuenta que la bendición más importante le había sido robada Yacob ya estaba lejos, había huido dejando en su pasado a un nuevo enemigo, un hermano traicionado, enojado y profundamente herido.

Lo que sucede después sugiere la existencia de una justicia divina, pues así como Yacob se aprovechó de su hermano, de la misma forma fue él engañado. Yacob puso sus ojos en Rajel, pero Labán, el padre de aquella mujer lo condicionó a 7 años de trabajo; cuando Yacob cumplió su parte del trato se llevó a cabo el matrimonio esperado, pero un día después, Yacob se dio cuenta que aquella mujer con quien se había casado no era Rajel.

Obviamente Yacob reclamó por el engaño, a lo que continuó un siguiente condicionamiento, otros 7 años de trabajo. El astuto Yacob ya no estaba tan contento, aún así trabajó y 7 años después se casó por fin con Rajel.

Cierto día, Yacob se enteró que su hermano se aproximaba a él con un ejército de 400 hombres, el pánico invadió su corazón y no pudo más que suplicarle a Dios:

“Dios de mi abuelo Abraham y Dios de mi padre Isaac, Yahve, líbrame ahora de la mano de mi hermano, de la mano de Esav, porque le temo”.  (Génesis. 32:10,11)

Tal parece que finalmente el encuentro se dio en paz, el amor de hermanos pudo más que cualquier deseo de venganza y cualquier rivalidad.

Yacob tuvo una larga vida y una extensa familia, con Lea tuvo a Rubén, Simón, Leví y Judá, al encelarse de esto Rajel, ofreció a Yacob a su cierva Bilha, con quien tuvo a Dan y Neftalí; por lo que Lea también ofreció a su cierva Zilpa, con quien Yacob procreó a Gad y Aser. Finalmente, Rajel pudo tener hijos y logró dar a luz a José y Benjamín.

Yacob es un patriarca trascendental pues tuvo 12 hijos, que se convirtieron en los cimientos de 12 grandes y prósperas tribus.

Yacob fue un patriarca tan importante que fue renombrado “Israel” después de haber peleado y vencido a un ángel. Fue un patriarca tan especial que a través de sueños recibió mensajes con significados que contenían una valiosa verdad.

Así pues, Yacob murió a los 147 años de edad, sin saber que su descendencia llegaría a formar una nación entera. Bendijo a sus hijos después de una vida larga, luego, como bellamente lo dicen las escrituras, exhaló el alma.

 

Moisés, hombre de libertad y de ley.

Descendiente de la tribu de Leví, hijo de Amram y de Iojebed, hermano menor de Miriam y de Aarón. Moisés es quizá el más importante profeta de la biblia hebrea, un gran líder de aquellos tiempos que sin duda, nació en tiempos turbulentos.

El lugar: Egipto, un brujo egipcio llevó al faraón una impactante profecía, le dijo que un gran líder nacería entre los hebreos, amenazando con esto su poderoso imperio. Ante esta predicción, todos los bebés hebreos fueron asesinados por ordenes del faraón. Iojebed, una humilde mujer escondió a su bebé por 3 meses y cuando ya no pudo hacerlo encomendó el destino de su hijo al río Nilo, lo puso en una canasta protegida con barro, deseando que a aquél bebé, se salvara de un futuro condenado.

Tal parece que los deseos de Iojebed fueron escuchados por Dios, pues la canasta llegó a manos de la mismísima hija del faraón, la cual adoptó a Moisés como hijo, llenando su infancia de comodidades y abundancia.

Cuando Moisés creció adquirió la madurez de entender las injusticias que sucedían a su alrededor. Un día, Moisés vio como un egipcio maltrataba cruelmente a un esclavo hebreo, enfurecido, Moisés mató al egipcio y en consecuencia de este acto impulsivo tuvo que huir lejos de su hogar; lejos de todo lo que hasta ese momento había conocido.

Durante este exilio Moisés conoció a Sephora, la mujer que más tarde se convertiría en su esposa y dedicó Moisés sus siguientes años al cuidado de su rebaño. Llevaba una vida tranquila hasta que un día, mientras pastoreaba a sus animales, vio una zarza que ardía en fuego sin quemarse. De pronto Dios le habló y le encomendó una difícil misión, liberar al pueblo hebreo de la esclavitud de Egipto. Moisés tuvo que aceptar el mandato, no muy convencido.

Así pues se encaminó hacia su antiguo hogar, era hora de volver al pasado, pero con una misión especial. Su hermano Ramsés, ahora era un mandatario cruel y despiadado.

Moisés hizo su atrevida petición, a lo que continuó una negativa rotunda del faraón; Moisés insistió argumentando que era enviado por Dios, pero Ramsés tenía un hermoso imperio gracias a sus esclavos y no tenía ni la más mínima intención de liberarlos.

Dios mandó entonces plagas a Egipto para demostrar su poder y su superioridad, ante estas complicadas adversidades Ramsés endureció su corazón aún más, pero la décima plaga bastó para hacerlo cambiar de opinión. En la décima plaga, todos los primogénitos de Egipto murieron, entre ellos, el hijo de Ramsés. Triste y derrotado, el faraón ordenó la liberación de los esclavos.

Se dice que Moisés guió a 600,000 hombres en el trayecto, pero sea cual sea el numero y el dato correcto, la Biblia habla sobre el liderazgo de Moisés que condujo a su pueblo hacia la libertad. Sin embargo, el Faraón se arrepintió de la reciente liberación, y ordenó perseguir a los esclavos para devolverlos a su lugar de trabajo. Acorralados entre el ejército que los perseguía y el mar, los hebreos no tenían hacia donde escapar, en medio del miedo y la desesperación vieron ante sus ojos un milagro: Las aguas del mar se abrieron dando para ellos un amplio y seguro sendero. Así, los hebreos se apresuraron a pasar, detrás de ellos, murieron ahogados los soldados egipcios, pues el agua del mar, sencillamente, regresó a su lugar.

 

Como si no hubiera sido suficiente tanto sufrimiento, al pueblo hebreo le esperaban 40 años en el desierto.

Los hebreos se diferenciaban de los demás pueblos por su monoteísmo; pero después de tanta lucha por sobrevivir su fe comenzó a ser inestable. Cuando Dios les dio los 10 mandamientos mucho de esto cambió, ahora, no sólo tenían una historia, sino una memoria colectiva llena de milagros y unas leyes de conducta que precisaba el camino indicado. Para todo esto, Moisés fue, nada más y nada menos que el necesario intermediario.

La misión de Moisés no fue sencilla, y por un momento de soberbia fue castigado sin entrar a la tierra prometida; sólo la vio a lo lejos, desde lo alto del Monte Nebo, luego simplemente desapareció, de una forma misteriosa a los 120 años. Todo el pueblo de Israel le lloró.

 

Yehoshua, conquistando Canaan.

Después de la larga y tortuosa esclavitud en Egipto, los hebreos deseaban más que nunca un nuevo hogar; padecieron las desventajas que podía provocar el ser extranjeros y ya sólo deseaban independencia, autonomía y libertad; deseaban, simplemente, la tierra que Dios le había prometido a su patriarca Abraham.

Sin embargo, aquella tierra no estaba deshabitada, esas tierras eran la casa de diversos pueblos por lo que Canaán debía ser conquistada.

Empezó entonces la batalla con una sigilosa misión, doce emisarios se adentraron en Canaán para investigar y evaluar la situación. Diez de ellos regresaron diciendo que esa tierra estaba habitada por hombres gigantes, demostraron cobardía y contagiaron temor. Pero los otros dos emisarios, Yehoshua y Caleb volvieron con información alentadora, dijeron que era posible conquistar. Era la tierra prometida, la que tanto anhelaron, la que habían abandonado siglos atrás.

Se necesitaba un gran líder para esta importante misión, alguien que tuviera inteligencia, habilidad y el necesario valor. Por estas cualidades fue elegido Yehoshua, un gran estratega que además, contaba con el apoyo de Dios.

Yehoshua y su pueblo conquistó ciudades como Jericó, Hai, Maqueda, Libna, Laquis, Eglon, Debir, Hebrón y con la victoria de Jasor la conquista de Canaan terminó. Yehoshua, no dudó en mostrar su agradecimiento y en el Monte Ebal levantó para Dios un hermoso altar. Mientras que la gragrada arca de la alianza, fue instalada en la ciudad de Guilgal.

Los años pasaron y a Yehoshua le llegó la vejez, entonces reunió a todo el pueblo de Israel en una ciudad llamada Siquem, sólo le pidió a la multitud una cosa, que no abandonaran su fe, pues Dios ya se había revelado y todos los hebreos pudieron ver la magnitud de su poder.

Existía ya una religión, existían también leyes, muchos creyentes y su único Dios, sólo les faltaba un territorio propio y fue eso en lo que Yehoshua ayudó, convirtiendo a 12 tribus en una gran nación.

Yehoshua murió a los 110 años sin saber que las batallas que el vivió fueron solo el inicio de una disputa que hasta el día de hoy continúa. En la actualidad, en cada judío y en cada israelí hay un Yehoshua interno que defiende una tierra propia para el pueblo judío, para ser libres y autónomos, para nunca sufrir las injusticias de un exilio, para nunca volver a ser esclavos o prisioneros maltratados.

 

David, el rey que unificó.

Cuando por fin los hebreos regresaron a la tierra de sus patriarcas, el profeta Samuel ungió a Saúl como rey; pero Saúl desobedeció a Dios en la batalla contra los amalecitas, por lo que Dios le pidió a su profeta Samuel que buscara al que sería el siguiente rey; le dijo que éste se encontraba en la familia de Isaí un hombre que vivía en Belén. Siguiendo las instrucciones, el profeta Samuel encontró a David, un adolescente muy joven pero con un prospero porvenir.

David comenzó tocando el arpa para el rey Saúl, ya que la música que él tocaba le daba al rey tranquilidad. Pronto, David se hizo amigo del rey Saúl y de su hijo Yonatan.

Un día, un hombre filisteo alto y fuerte llego para pelear, retaba a todos a enfrentarse contra él, pero nadie se atrevía a luchar con el imponente Goliat. De pronto, sin mucho pensarlo, David se ofreció para enfrentarlo, su desventaja era evidente, pero David, más que confiar en su astucia, confiaba en el apoyo de Dios, y no se equivocó, una mortal piedra lanzada con una onda mató al guerrero filisteo y con esta victoria, David ganó fama y el respeto de todo el pueblo.

Los celos de Saúl no se hicieron esperar y mandó a matar a David, por lo que éste tuvo que huir hacia el desierto, en donde fue protegido, nada más y nada menos, que por los filisteos. Pero no hay plazo que no llegue a su fin, así que un día, Saúl y David se encontraron y después de una reconciliación superficial las batallas continuaron, batallas en donde Saúl ya sólo mostraba debilidad, hasta que en la batalla de Gilboa llegó el final; Saúl dejó la vida y lo hizo en compañía de su hijo Yonatan.

Entonces el clímax de la vida de David comenzó, quería construir un hermoso Templo pero Dios no se lo permitió, sus manos estaban manchadas de sangre como para poner de pie un santuario tan sagrado. No hubo discusión, el ambicioso Templo debía esperar hasta la siguiente generación. Pero a pesar de que el Templo no podía construirse en ese momento, David unió a las 12 tribus y unificó el reino. Nombró a Jerusalem la capital de Israel, y a ello le siguieron grandes años de un inolvidable reinado.

Sin embargo, David no fue siempre un hombre correcto, cometió adulterio, asesinato y esos fueron sus grandes pecados; en aquél adulterio se procreó un hijo que murió siendo apenas un recién nacido y ese fue su peor castigo. El tiempo pasó y Dios lo perdonó, Betsabé, la mujer de la que se había enamorado, se quedó junto a él, lo amó y le dio un hijo que nombraron Salomón.

El rey David tuvo una complicada vida y una conflictiva familia; su hijo Absalón, siendo ya mayor, trató de quitarle el trono a su padre y en ese intento murió. Se decía que aquél rey rubio de ojos hermosos era el consentido de Dios.

Para cuando David reinó, los patriarcas ya habían legado su fe; Moisés ya había entregado las leyes y Yehoshua ya había conquistado el territorio. Había entonces creyentes, leyes, una tierra propia y una religión, pero faltaba que las tribus se unieran y se organizaran para formar una nación, y eso, eso es justamente lo que el Rey David logró.

 

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