LOS JUDÍOS DEL IMPERIO OTOMANO

Los judíos del Imperio Otomano

 

Por Nadia Cattan Jafif

 

         Se llamaba Constantinopla, pero el 29 de Mayo de 1453 los turcos la conquistaron y la nombraron Estambul. Con esta nueva adquisición, el Imperio bizantino dio sus ultimos respiros. Comenzaba el tiempo de un nuevo Imperio, cada vez más poderoso y cada vez más respetado: el Imperio Otomano. Sin duda, eran tiempos históricos y violentos, y los judíos, fueron testigos de ello.

         Con la toma de la capital bizantina, la suntuosa iglesia de Santa Sofía fue convertida en mezquita. A pesar de que la toma de Constantinopla fue una importante adquisición, el Imperio Otomano todavía no había experimentado el clímax de su poderío y de su expansión, pues fue hasta los siglos XVI y XVII, que el Imperio Otomano experimentó su máximo esplendor; su poderío tocaba 3 continentes.

Sin embargo, el Imperio Otomano no era grande sólo en tamaño, pues también contaba con un ejército numeroso y fuerte, un sistema bancario, un servicio postal, igualdad legal y credenciales de identidad. También había un parlamento, un himno, una bandera y hasta un censo. Es gracias a este censo que se sabe que en tiempos del Sultán Suleimán, el Imperio llegó a tener una población de 11,700,000 personas; y para ellas, había una economía generosa.

         En el año 1517, el Sultán Selim I logró anexar al Imperio la region de Siria, Egipto y Palestina. El avance militar del Imperio Otomano era imparable, y en cada porción de tierra adquirida, los otomanos se encontraban con antiguas comunidades judías; se trataba de familias que llevaban una vida sencilla, y que ya estaban bastante acostumbrados a ser siempre la minoría. La ciudad de Safed, en la región de Palestina, era la más mística de las comunidades judías. Sus habitantes, (orgullosos de habitar en el mismo lugar donde se había compilado el Shuljan Aruj), se entregaban a una vida dedicada a la religión, tal como la pequeña comunidad de Jerusalem, o como los arraigados judíos de Hebrón.

         Pero los otomanos también se toparon con comunidades judías que vivían bajo el poder de reyes cristianos; y cuando los otomanos llegaron los judíos se sintieron liberados, pues bajo el yugo de reyes cristianos, sólo habían experimentado expulsiones, masacres y un continuo rechazo.

         Por su parte, los otomanos aceptaron a las minorías cristianas y judías, como Dhimmis, que en árabe significa pacto, y con esto quedaron comprometidos a respetarlos; pues si bien no reconocían a Mahoma como profeta, aceptaban que existía un único Dios, y esa, era la más sagrada creencia.

         Los judíos y los sultanes otomanos, construyeron un intercambio de beneficios; mientras que los judíos encontraban en el techo otomano un refugio seguro, los sultanes sacaron provecho de los judíos para darle al Imperio un auténtico impulso. Ejemplo de ello fue el caso de la toma de Constantinopla, pues cuando la ciudad bizantina fue conquistada, los sultanes necesitaban que la ciudad fuera poblada; es por esto que se ordenó el traslado de judíos a Estambul, La mezcla fue bien lograda, surgió una vibrante comunidad judía, desarrollada en una vibrante ciudad musulmana.

         En 1492, cuando los judíos de España fueron expulsados, el Sultán Bayazid II invitó a los judíos sefaradíes a establecerse en el Imperio Otomano; de este modo, se incrementó la población judía del Imperio Otomano, y se disfrutó de una tolerancia que no se encontraba en los paises cristianos. Tal fue el caso de Salónica, que durante el siglo XVI poseía una población en su mayoría judía, aquellas, eran familias que mantuvieron su amada lengua, el ladino, mientras que se les permitía cumplir con las leyes de su judaísmo; atesorando en esta pequeña ciudad Puerto una religion milenaria con sus ancestrales preceptos.

         De manera casi inmediata, los judíos sefaradíes se integraron contribuyendo al desarrollo del Imperio Otomano y llegaron a ocupar importantes cargos como ministros y distinguidos funcionarios. Su contribución a la política, a la economía y a las ciencias está documentada, hoy sabemos que Hakim Yakoup o Joseph y Moshe Hamon fueron grandes médicos, o que José Nazi fue vital para las exitosas relaciones exteriores del Imperio.

         Existe la leyenda de que el Sultán Bayazid II, dijo en una ocasión que el Rey Fernando de Aragón no era un rey pensante, pues expulsó a los judíos empobreciendo su reino; y ahora, era su Imperio Otomano el que se veía beneficiado.

         Es cierto que los judíos y cristianos tenían que pagar un impuesto especial por no pertenecer a la religión mayoritaria del Imperio, pero también es cierto que los judíos encontraron con los otomanos una gran tolerancia y una posibilidad de progreso. Existían medidas distintivas que indicaban que tanto judíos como cristianos, tenían que usar accesorios en sus ropas que señalaran la religión que practicaban, pero esta regla no se cumplió con rigidez; y tampoco impidió que los judíos se integraran al resto de la sociedad con eficacia y rapidez. Lo mismo sucedió con la regla de no construir sinagogas nuevas, la regla se cumplió o incumplió según la tolerancia que el sultán en turno mostraba ante estos temas.

         Lo qué tal vez sorprendería, es que la rispidez vino del interior de las comunidades judías, pues su procedencia era distinta y provocó que sus tradiciones litúrgicas y sociales no fueran las mismas. Y es que habían judíos portugueses, judíos sefaradíes, judíos italianos, una minoría de judíos ashkenazim, caraitas y por supuesto judíos mograbíes. Los lugares de procedencia eran tantos, que se instituyeron más de 30 comunidades judías distintas.

         Con el paso del tiempo, las diferencias entre las comunidades judías se fueron desvaneciendo, y para el siglo XVIII, esas diferencias habían quedado en el pasado.

         Los judíos lograron en el inmenso Imperio una eficiente organización y una verdadera autonomía, donde los rabinos eran las mayores autoridades para las comunidades judías, al mismo tiempo que contaban con sus propios tribunales de justicia. Diversas tacanot estipulaban un comportamiento social correcto, mientras que la sinagoga, era el respetado centro de estudio y de rezo, pero también era el espacio que regalaba convivencia y esparcimiento. Para un liderazgo organizado, las comunidades judías nombraban representantes ante los respectivos gobernantes, de este modo, la comunidad se lograba expresar a una sola voz, provocando con esto una productiva comunicación.

         Los judíos, ingresaron la imprenta al Imperio Otomano, contribuyendo con esto a la cultura y a la educación; de hecho, el primer libro impreso en todo el Imperio Otomano fue un volume en hebreo llamado Arba´a Turim, impreso en Estambul el 13 de diciembre de 1493 por los hermanos David y Samuel Ibn Nahmías. En 1577, se imprimió el primer periódico con temática judía en el Imperio Otomano, así como tambien se imprimieron centenares de libros en hebreo y en judeo-español, materializando en papel la presencia de los judíos, su autonomía, y su aportación.

         En el siglo XIX, se ensamblaron diferentes factores que iniciaron el declive de lo que antes era un Imperio indestructible. Europa occidental comenzó a evolucionar con la revolución industrial, y con este agigantado avance el Imperio Otomano se quedó atrás. Sus principales productos exportados dejaron de ser solicitados y la moneda otomana sufrió una devaluación que empobreció a la mayor parte de la población. Surgieron gobernadores locales, y con esto el Imperio comenzó a fragmentarse. A la fragmentación política le siguieron pérdidas territoriales y para comienzos del siglo XX el daño al Imperio Otomano ya era irreparable.

         En 1914 estalló la Primer Guerra Mundial. El poderío otomano quedó reducido dentro de las fronteras de Turkia, y los judíos se toparon de nuevo con un futuro incierto, no era novedad en la historia colectiva judía, otra vez volvía el temor de ser, en tiempos cambiantes, una simple minoría.

 

 

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